18 de Noviembre de 2019| Última actualización 16:11 GMT

América Latina: de las divisiones geopolíticas a los excesos geoeconómicos

Alberto Hutschenreuter | 21 Noviembre del 2013

Si en el pasado la geopolítica, es decir, la meditación política sobre el espacio geográfico con fines asociados corrientemente con el incremento del poder nacional, implicó un factor de separación entre los países de América Latina, actualmente la geoeconomía, es decir, la gestión de recursos económicos como agente de interacción y complementación entre territorios, se puede estar convirtiendo en un nuevo factor de división regional.

En efecto, como resultado de la existencia de múltiples bloques geoeconómicos América Latina se podría estar distanciando de los requerimientos estratégicos del orden global comercio-económico, esto es, la afirmación de espacios regionales de escala o posnacionales que coadyuven a mejorar y transformar estructuras productivas clave para el logro de mayores capacidades de inserción, deferencia y negociación internacional.

Es verdad que el escenario mundial no marchó hacia la conformación de bloques geoeconómicos casi “precintados” que contendían entre sí. Hacia fines de los años ochenta, dicha imagen internacional fue una de las que más audiencia tuvo cuando se intentó anticipar la configuración del escenario internacional. Por razones de naturaleza propiamente económica y por razones de seguridad estratégica, el mundo no se configuró en esos términos; sin embargo, la realidad nos muestra que las economías predominantes pertenecen a espacios de escala, es decir, Estados naciones continentales e industriales, para expresarlo en los términos de F. Ratzel (Estados Unidos, China, Rusia, Canadá, etc.), y Estados naciones fuertemente complementados entre ellos: según el informe de octubre de 2013 del FMI, de las doce primeras economías del mundo ocho pertenecen a estos dos modelos de macro entidades, siendo la primera la Unión Europea, que es ubicada como (único) conjunto y a la vez desagregada (ver: http://todoproductosfinancieros.com/ranking-economias-mundiales/).

Sin duda que los actores latinoamericanos han comprendido que en la complementación de sus economías reside la clave para incrementar capacidades: existe más de una decena de agrupamientos y sub-agrupamientos cuya finalidad es reunir “masa crítica”. Por lejos, América Latina es la región del globo más prolífica en materia de espacios de complementación económica-comercial. Si bien dicha proliferación se explica en función de las condiciones de baja y media viabilidad y desarrollo relativo de muchos los países, por caso, en relación a los países de Centroamérica o los de la zona andina, la necesidad de complementación también fue enfocada como recurso estratégico por los actores de alta viabilidad y desarrollo, básicamente, Brasil, Argentina, Venezuela y México (el tradicional “cuadrilátero latinoamericano”).

Sin embargo, en este denominado “nuevo regionalismo”, en el que los propósitos de complementación están más orientados a que los diferentes actores se desempeñen como “jugadores globales” (a diferencia del “primer” o “viejo regionalismo” de los años

sesenta y setenta cuyo fin estuvo más asociado al desarrollo de industrias sustitutivas de importaciones), el excesivo número de agrupamientos puede entrañar más debilidades que fortalezas.

Acaso la situación no sería del todo preocupante si los numerosos bloques fueran relativamente homogéneos, situación que permitiría considerar perspectivas basadas en una gradual coordinación y complementación interbloques, en la licuación o reabsorción de algunos, e incluso hasta conjeturar sobre horizontes verdaderamente superadores; empero, las diferencias que presentan entre si los múltiples conjuntos geoeconómicos en América Latina no solamente son diferencias de fondo, sino que en algunos casos están atravesadas por fuertes antagonismos; peor todavía, alarmantes antagonismos hacia dentro de los propios bloques, particularmente en aquellos integrados por actores mayores de la región.

En tanto algunas de las múltiples agrupaciones son de naturaleza política y con propósitos genéricos en materia de diplomacia, desarrollo e integración, por caso, la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) o la CELAC (Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe), otras son básicamente económicas, orientadas hacia el espacio de mayor dinamismo económico del planeta y favorecedoras de un mayor relacionamiento con el “hegemón” continental, por ejemplo, la Alianza del Pacífico; asimismo, en tanto algunas son imperfectas uniones aduaneras que prácticamente se redujeron a “espacios de negocios”, por caso, el Mercosur (Mercado Común del Sur), otras no mantienen fines relacionados tanto con cuestiones comercio-económicas sino con constituir una plataforma desde donde machacar con la responsabilidad de la política de poder estadounidense como fuente permanente de la impotencia y el atraso de los países de América Latina, por ejemplo, el bloque ALBA-ATP (Alianza Bolivariana Para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio para los Pueblos).

Por otro lado, los antagonismos entre bloques tampoco son de forma sino que responden a fuertes diferencias de enfoques polítco-ideológicos, particularmente entre la agrupación ALBA-ATP y la Alianza del Pacífico, diferencias que se tornan casi extremas cuando se aborda el relacionamiento de la región con Estados Unidos, país con el que la Alianza, particularmente Colombia, postula un nuevo relacionamiento que se dirija “más allá del combate contra las drogas y el terrorismo”. Desde la visión de la ALBA-ATP, esa nueva relación implicaría una lógica de poder consistente en “remolcar” a los países de la Alianza (y de ser posible a otros) a la mega Alianza Trans-Pacífico que impulsa Estados Unidos, es decir, una lógica de división entre países o bloques en América Latina.

En cuanto a cuestiones intrabloques, acaso la evolución del Mercosur nos muestra las limitaciones de estos esquemas de complementación supraestatal: habiendo nacido como una genuina instancia superadora de la historia de fragmentación geopolítica entre dos de los mayores poderes de América Latina, hoy, como consecuencia de actitudes soberano-nacionalistas, medidas proteccionistas, debilidad y omisión respecto de los instrumentos técnico-jurídicos, preeminencia de la dimensión de negocios, “modos ideológicos”, falta de unidad ante terceros (por ejemplo, en el G-20 o ante otros bloques), decisiones unilaterales en relación a sumarse a otros bloques, etc., se debate en torno a su misma

continuidad como bloque (no ha sido casual que recientemente el presidente de Uruguay sostuviera que debería abrirse un debate sobre la viabilidad y el destino del Mercosur).

Por otra parte, hay que destacar que cuando el Mercosur fue creado prácticamente no se contemplaron “hipótesis de frustraciones”. La referencia es pertinente, pues actualmente, la denominada Alianza del Pacífico no solamente es abordada en clave de éxito seguro, sino que se la señala como paradigma regional en materia de complementación y estrategia global. No sorprende que ello sea así, pues en esa región de América Latina se concentra hoy el crecimiento económico-comercial y las perspectivas más auspiciosas de enlazamiento con el dinamismo de los actores del Asia-Pacífico.

No obstante el optimismo generalizado que acompaña a dicho emprendimiento geoeconómico, hay quienes plantean preguntas que merecerían alguna atención puesto que están dirigidas a eventuales situaciones que podrían afectar el normal desenvolvimiento del emprendimiento: en este sentido, el profesor Giovanny Cardona Montoya advierte que “Hay que recordar que antes de la Alianza del Pacífico, entre estos países ya existían acuerdos bilaterales (Chile con la CAN, Colombia con México en el G-2). O sea, la Alianza del Pacífico para hacer valer su aporte, tendría que profundizar los acuerdos existentes, puesto que el primer impacto al triangular los acuerdos bilaterales será una posible ‘erosión de preferencias’, o sea, productores colombianos posicionados en Chile o en Perú, por ejemplo, pierden con México ese mercado ganado bilateralmente”.

Finalmente, quizá no implique una cuestión que incida en el emprendimiento aunque posiblemente sí en relación al resto de la región, pero el sentido geográfico que encierra este bloque no está orientado hacia dentro sino hacia fuera de América Latina. La reflexión resulta pertinente, pues se repite, aunque ahora a escala de bloque, una cuestión que caracterizó históricamente a los países latinoamericanos con litoral marítimo: la propensión a crecer y desarrollarse hacia fuera, sobre la ribera y más allá, “excluyendo” el vasto y valioso “hinterland”.

En breve, en los términos actuales la “galaxia” de bloques geoeconómicos escasamente homogéneos entre sí, enfrentados en algunos casos y con fuertes señales de agotamiento intrabloque, no solamente implica una falta de claridad en la definición de qué se quiere integrar (América Latina, América del Sur) y cómo hacerlo, como bien advierte Carlos Malamud, sino una alarmante posibilidad: la de encaminamiento de los países hacia una nueva etapa de fraccionamiento e impotencia, no ya a escala interestatal como sucedió en el pasado sino a escala interregional.

Si este escenario acontece, el fenómeno de la pluralidad de bloques geoeconómicos pasaría a convertirse en una nueva causa (¿posgeopolítica?) de fraccionamiento en América Latina, con los resultados que implica toda división entre partes: debilidad y lateralidad.

0 COMENTARIOS

Debe estar registrado para comentar