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Bolivia: entre la Comunidad Andina y Mercosur

Joaquín Roy | 17 Enero del 2013

El presidente boliviano Evo Morales ha anunciado que su país ingresará en el Mercado Común del Sur (MERCOSUR). Sería el sexto socio, luego que Venezuela superó el obstáculo que representaba Paraguay, ahora suspendido de sus derechos. Esta ampliación puede parecer un movimiento sin mayor trascendencia. MERCOSUR ha estado siempre abierto a su ampliación y ambiciones territoriales. Pero existen aristas que complican el panorama.

Bolivia es miembro de pleno derecho de la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Sus otros componentes son Colombia, Perú y Ecuador, luego de la salida de Venezuela. Chile fue miembro en su fundación, pero Pinochet la abandonó para evitar presiones políticas. Aunque miembro asociado de la CAN, los sucesivos gobiernos democráticos de Santiago se han resistido a un reingreso que pondría trabas a su docena de tratados de libre comercio con medio planeta.

Expertos y políticos han señalado que un país no puede pertenecer a dos sub-bloques de integración de similares características y propósitos. Morales aduce que todos los países  sudamericanos son fundadores de la Unión Sudamericana (UNASUR) y todos los latinoamericanos son miembros natos de la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC). Los respectivos tratados de la CAN y MERCOSUR son ambiguos al respecto. Además, Morales reclama así para Bolivia un papel de “bisagra” entre las dos organizaciones. Conviene, sin embargo, prestar atención a las motivaciones de la movida y sus más amplias consecuencias.

Obsérvese que Morales no pretende salir de la CAN, dando un portazo sonoro como Hugo Chávez para acelerar su ingreso en Mercosur. El líder venezolano aducía su irritación contra otros miembros (Perú y Colombia) que estaban negociando acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y la UE. Pero Morales ha estado amenazando veladamente con tomar esta decisión y en cada etapa desde el seno de la CAN se ha temido su disolución. En esa perspectiva, Morales se habría presentado como ejecutor de la sentencia de muerte para sacar beneficios de sus nuevos protectores, principalmente Venezuela. 

Pero, ¿por qué la prisa ahora en adherirse a MERCOSUR? Unas razones serían políticas y otras económicas. En el plano político, Morales debe creer que sus intereses estarán mejor protegidos en el gran bloque mersosureño dominado por Brasil. No se fía de la CAN, pendiente de vaivenes y conveniencias de sus socios con respecto a arreglos con Europa y las expectativas presentadas por la Alianza del Pacifico, a la que apuestan todos los ribereños (excepto Ecuador).

En el plano comercial, Bolivia planearía equilibrar su relativa debilidad industrial al sublimar su vínculo con MERCOSUR hacia el que sus existentes relaciones de exportación (gas a Brasil, soya a Argentina) aparecerían más hondas que con la CAN. Sus socios potentes (Brasil, Argentina y Venezuela) creerían que la ampliación les daría mayor fuerza en sus eternas negociaciones con la UE.

Este complicado escenario revela que la hegemonía de Brasil se nota en los diversos movimientos de los países con los que tiene fronteras. Una ampliación progresiva (Ecuador sería el siguiente) de MERCOSUR dejaría para la UNASUR el papel residual de foro de negociación y consulta política y diplomática (por otra parte, efectiva). Este esquema inspirado por Brasil cumpliría las ambiciones de Lula y Rousseff (y sus antecesores) y se limitaría a esa función, mientras el frente económico se canalizaría parcialmente a través de MERCOSUR y sobre todo independientemente mediante acuerdos con Estados Unidos, la UE y globales. La verdadera integración regional no ha sido nunca una prioridad de Brasilia, sea quien sea el inquilino del Palacio de la Alborada y quiénes ocupen los escritorios de Itamaraty.

Mientras tanto, la UE habría aprendido definitivamente las limitaciones de su estrategia de promocionar la integración regional en América para negociar sólidos acuerdos con sub-bloques, a los que ha estado subvencionando durante décadas, en parte para sublimar las excelencias de su propio modelo de integración. A la vista de los fracasos, Bruselas ha optado por la vía bilateral. Los acuerdos en marcha con Colombia y Bolivia, la firma del compromiso con Centroamérica, además de la estrategia más ambiciosa con Brasil son ejemplos. Con este escenario la UE dialogará en Santiago de Chile el 26-27 de enero en el marco de la cumbre inter-continental.

Allí se verá cuál es el papel de la CELAC, otra incógnita. Se esperará una respuesta acerca de la naturaleza verdadera de la integración regional. De momento, los augurios para que América Latina hable con un teléfono unitario (como se le exigió a la UE, en la expresión erróneamente atribuida a Kissinger) no son muy positivos. Siempre resonará una voz en (impecable) “portuñol”. Por otra parte, la UE tampoco no está para exigencias en cuanto a unión de criterios y propósitos.

 

 

Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami

jroy@Miami.edu

 

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