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Bolivia, pensando una geopolítica del mar

Rafael Bautista S. | 16 Mayo del 2013

La demanda boliviana que será interpuesta ante La Haya –aplaudida en los cuatro rincones de nuestra patria– adolece, sin embargo, de un detalle que no es menor. Y en la exposición de ese detalle es que nos permitimos llamar la atención, no sólo del gobierno, sino de la “nueva disponibilidad común” que se ha producido en torno a nuestra indeclinable reivindicación marítima.

Todas las apuestas del Estado boliviano han apuntado siempre a diluir el asunto en estrategiasjurídicas que no hacían otra cosa que asumir, de principio, la vigencia y legitimidad de los tratados emanados de un factum inadmisible: el derecho fundado en la victoria. Aquella asunción significaba admitir la legitimidad jurídica del factum mismo: la invasión chilena al Litoral. Asumir como realidad, incluso jurídica, el factum que asume el vencedor como legitimación de su derecho es lo que nunca cuestionó la diplomacia boliviana; en consecuencia, aunque demandara la desposesión, afirmaba –muy a pesar suyo, porque partía de esa aceptación de hecho– el derecho del vencedor.

El Estado señorial hereda, de ese modo,un fracaso que desnuda el poder aparente que ostenta: la subordinacióna lo extranjero es lo que remata su vocación entreguista. De aquello se deriva la mezquindad de sus apuestas. Después de arrebatado el Litoral por invasión, se lo vuelve a perder en lo jurídico, admitiendo un factum que significaba la renuncia propia al territorio y la exculpación de la complicidad oligárquica. La continuidad señorialistasignificaba la exculpación de su fracaso histórico.

Si alguna dignidad poseía elEstado vencido no podía jamás admitir que los derechos de su nación quedaban conculcados por aquella invasión; desde entonces, no hay demanda boliviana que haya denunciado el “derecho” que reivindica el agresor. Así fue hasta la postura que asume nuestro presidente en la última reunión de la CELAC.

Toda remisión jurídica caía en la trampa de renunciar al derecho propio y consintiendo el “derecho” que imponía el vencedor como base de toda negociación; de ese modo el vencido legitimaba su condición impuesta. Por eso ninguna demanda boliviana podía jamás prosperar, a no ser por renunciar a algo más, es decir, a ofertarse todavía más sin siquiera resarcir soberanía sobre lo despojado.

El Estado chileno generó las condiciones para esa subordinación, lo cual significa que antes y después de la invasión a nuestro Litoral, la influencia chilena era un hecho entre las elites bolivianas. Influencia que hace escuela en la elite política; no otra cosa son las declaraciones de Víctor Paz, en pleno neoliberalismo, afirmando que el comercio con Chile es “muestra de reciprocidad entre dos pueblos hermanos” (como si el comercio lo dirigieran los pueblos). Esa suerte de entreguismo vocacional es lo que usufructuaron otros, en desmedro siempre nuestro. La xenofilia de las elites fue lo que afirmó el carácter periférico de la política boliviana.

Si toda apuesta boliviana fracasa, es porque nunca se generó las condiciones para remontar la dependencia, de modo que se pueda tener márgenes soberanos de negociación. No es lo mismo negociar suplicando favores que reclamando deudas(más aun si se cuenta, no sólo con la verdad, sino con medios de presión). La posición boliviana siempre fue ratificar las condiciones que impuso el Estado chileno, de modo que su margen de acción era casi siempre nulo.

De lo que adolece la demanda actual, es que nace huérfana (replicando la historia anterior) si no es acompañada por una decidida política de Estado que genere las condiciones para remontar definitivamente las prerrogativas chilenas. Si toda tratativa era acompañada por condiciones siempre desfavorables para nosotros, lo que ahora sensatamente se debiera promover es un contexto distinto, donde las condiciones impuestas por el Estado chileno, ya no sean el límite infranqueable de toda negociación. Aquí es donde la geopolítica cobra relevancia.

Porque de lo que se trata es de lo que estratégicamente proponemos ahora, mientras se dirime nuestra demanda. Aprovechar el contexto global es para nosotros fundamental, puesto que no sólo transitamos planetariamente a un mundo multipolar sino que este tránsito está reordenando la disposición geopolítica que habían impuesto los imperios modernos, Inglaterra y USA, desde el siglo XIX. La decadente hegemonía unipolar norteamericana ha sido definitivamente dislocada desde el 2008, cuando la Federación Rusa frena los intentos de anexión de Osetia del Sur por parte de Georgia (estimulada por USA y la OTAN); de ese modo, la superpotencia energética controla los corredores geoestratégicos para que la dependencia energética de Europa (Gazprom con el gas y Rosneft con el petróleo) asegure el reposicionamiento geopolítico de Rusia, desplazando la influenciagringa fuera de los contornos del Mar Caspio.

Los reordenamientos geopolíticos actuales se producen no sólo por la decadente hegemonía gringa, sino también por la necesidad creciente de recursosenergéticos, por parte de las potencias emergentes y decadentes. El 2008 marca la desesperación imperial por recuperar espacios vitales que, desde los fracasos de Irak y Afganistán,se vienen sucediendo en todo el planeta. De ese modo se puede entender la guerra en Siria como una guerra geopolítica que desata Occidente contra el Bloque de Shangai (China y Rusia sobre todo). El triunfo ruso en Osetia del Sur posiciona a Gazprom y reduce a nada el proyecto gringo-europeo Nabucco. El monopolio de la distribución del gas a Europa dejaba de ser propiedad de las transnacionales anglosajonas; como también podría dejar de ser el corredor energético entre Irán, Irak, Siria y Líbano, si es que USA y la OTAN ganaran la guerra en Siria (aun cuando USA pretenda acercar a Rusia y, de ese modo, alejarla de China, es discutible un acuerdo gringo-ruso favorable a Occidente; pues la repartija que se prodigaron Francia e Inglaterra en 1916, queda en nada con los presuntos acuerdos que persigue Washington, pues no hacen otra cosa que poner fin a la influencia franco-británica en esa región. Las mismas fronteras nacionales de la región –impuestas por Occidente– quedan en entredicho, pues en una nueva delimitación de áreas de influencia, lo que se vislumbra es la balcanización de Irak, la creación del Kurdistán, que afecta también a Turquía y la posible división en Arabia Saudita; lo cual condice con pronósticos aciagos: donde no haya integración y complementariedad económica, lo que se ve es desestabilización y balcanizaciones).

Lo mismo sucede en la península coreana. El tono beligerante de la ocupación gringa de más de medio siglo en la parte sur, se ha acentuado por las provocaciones últimas de sobrevolar bombarderos B-2 Stealth con capacidad nuclear desde marzo de este año, además del envío de aviones de combate F-22 Raptor a Corea del Sur. La negativa norteamericana a cualquier tratado de paz, es acompañada ahora por la insistencia gringa de desestabilizar la península (que es frontera natural con China y Rusia).La política de Washington es contener a China, por eso instala en el Pacífico su nuevo centro de operaciones militares (se dice que para el 2020, el 60% de la armada gringa estará en el Pacifico; un muy buen contingente ya se encuentra en la isla de Guam, donde para alojar a los marines se comete un nuevo genocidio contra la etnia chamoru:lo que llaman desalojo político ha reducido ya a la población nativa al 37%); porque de lo que se trata es de reimponer su supremacía geopolítica.

Desestabilizar la península coreana significaría cercar a China (cuyo poder disuasivo preocupa a USA: el 2011 se filtró un informe del Pentágono donde se establece que China habría cerrado brechas tecnológicas fundamentales, sobre todo en materia militar, donde se menciona la nueva tecnología de portaviones y el desarrollo del avión de combate J20 que, a juicio del thinktank Jamestown Foundation, podría dejar obsoleto todo el sistema de defensa aérea instalado en la región), consolidando la estrategia del “collar de perlas”, que consiste en controlar las rutas de abastecimiento petrolero de China, además de minar las estratégicas rutas marítimas del Mar del Sur para frenar tanto los intereses energéticos chinos y sus objetivos de seguridad (en caso de conflicto, cortar las rutas petroleras es asunto geopolítico).

En ese contexto aparece el Acuerdo del Pacífico que suscriben países como México, Perú y Chile, en Sudamérica, bajo la égida gringa. El asunto, en definitiva, es la creciente relación comercial que China tiene con Sudamérica. No es poca cosa. Tanto China como Brasil forman parte de los BRICS y al ritmo que las inversiones chinas crecen en este continente, la influencia norteamericana se va reduciendo en forma inversamente proporcional. Desde el 2009, el continente africano se constituye en el primer socio comercial de China (200.000 millones de $US en el 2012); si en Europa y USA hay crisis de deuda, el potencial económico chino se desvía a las potencias emergentes y sus respectivas regiones. Frente a ello, USA propone un acuerdo entre Europa (o lo que quedaría de ella) y Norteamérica; un bloque de comercio transatlántico tendría como fin exclusivo contrarrestar la creciente hegemonía china para, de ese modo, reponer las coordenadas geopolíticas del decadente mundo unipolar. Con el nuevo Acuerdo del Pacifico se persigue lo mismo, reduciendo la influencia china mediante la cooptación de la costa pacífica de, sobre todo, Sudamérica.

El problema, además, de ese tipo de acuerdos y tratados es que son digitados por las transnacionales, las cuales buscan todavía márgenes extraordinarios de rentabilidad en medio de la crisis que ellas mismas originaron (que no es sólo el estancamiento económico sino los desastres medioambientales). En ese sentido, la reposición de las coordenadas geopolíticas anglosajonas responde al nuevo ciclo de acumulación financiera que está acabando con la vida en el planeta. Ya no se trata tanto del imperioagonizante sino de las burocracias privadas financieras que reducen a los Estados a simples brazos operativos de sus intereses privados. Esto significaría que el imperialismo ya no es la fase superior del capitalismo sino que aquel habría sido rebasado, desde el fin de la guerra fría, por el monopolio privado financiero que lo controlan dinastías concentradas en el primer mundo.

Por eso el nuevo sujeto de la ley ya no son ni siquiera los Estados sino estas burocracias privadas, que son quienes se han adueñado del ámbito de las leyes y, de ese modo, prescriben los lineamientos de los acuerdos comerciales globales. USA, UK, Israel y la OTAN son sus brazos operativos, que ya no actúan por cuenta propia sino bajo la tutela de este nuevo poder detrás del trono.

En ese sentido, si antes entregábamos todo a USA, ahora esa entrega va, por mediación gringa, a los ámbitos financieros que son, en definitiva, los actuales dueños del mundo. Por eso estos acuerdos tratan de reponer al dólar como moneda de referencia entre Sudamérica y Asia, para contener al yuan chino y toda otra moneda, como sería el sucre. O sea, lo que hacen estos acuerdos comerciales es declarar una guerra de divisas. El acuerdo forma parte de la estrategia del “collar de perlas”, encubriendo como acuerdo comercial un cordón militar que busca restaurar las coordenadas geopolíticas unipolares del planeta (lo mismo se hizo con Japón –entre 1921 y 1938– antes de declararle la guerra y detonar las primeras bombas atómicas en el planeta).

Este complejo contexto involucra a todos, porque las inevitables repercusiones en un mismo mundo compartido e interconectado, muestran la necesidad de hacer adecuadas lecturas globales como base de decisiones estatales con implicancia regional. Porque las potencias, en cada nueva disposición geopolítica, apuestan a asegurarse recursos, corredores y áreas de influencia; en tales circunstancias, los demás países, que cuentan sobre todo con posición estratégica, se encuentran en la disyuntiva de ingresar a esa disposición de modo subordinado o no. Y es aquí donde la lectura geopolítica del espacio geográfico cobra relevancia, porque se convierte en una apuesta, en definitiva, de vida o muerte.

La ocupación del Litoral tuvo su componente geopolítico, pues de ese modo, se nos anulaba geopolíticamente y se nos volvía doblemente tributarios, primero del mercado mundial y segundo del uso obligado de los puertos ahora chilenos. Chile ocupa no sólo la parte boliviana sino el sur del Perú, porque siempre, desde la colonia, Potosí Oruro y La Paz se conectaban con Arica, de modo que no sólo perdíamos la posibilidad de los puertos de Atacama sino los más cercanos al circuito comercial del occidente del país. Nuestro enclaustramiento era fundamental para Chile, pues de ese modo garantizaba el desarrollo de, sobre todo, el norte chileno, a costa nuestra. Después, gracias a la cooptación de nuestras elites, garantizaba su comercio en detrimento del nuestro. Las relaciones comerciales atentaban contra la economía nacional, pero las elites apostaban en contra de su propio país porque su adicción a la dependencia no les permitía imaginar siquiera optar por otro tipo de alternativas que no fueran las mismas de siempre: subordinarse a las prerrogativas chilenas, es decir, hacer del encierro una suerte de fatalidad consentida.

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