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Bolivia, pensando una geopolítica del mar (segunda parte)

Rafael Bautista S. | 06 Junio del 2013

¿Por qué nunca se propició una integración estratégica con el sur peruano? No se trata sólo de falta de voluntad política sino de hasta idiosincrasia cultural, que hace del entreguismo oligárquico programa de vida de una sociedad hecha a imagen y semejanza de sus elites. Desde Aniceto Arce lo que hace escuela en la sociedad citadina es una suerte de xenofilia donde ser prochileno o proargentino o probrasilero es mejor que ser boliviano solamente. Esa apuesta, mantenida aun hasta el día de hoy, era la apuesta por el suicidio nacional. Argumentar contra sí mismo se traducía en el desprecio a lo propio que era, sin embargo, lo único que se tenía. El óptimo social de las demás naciones era hasta alimentado por la auto negación de otras, como la nuestra, en una suerte de dialéctica de transferencia de valorización exclusiva hacia afuera. En esas condiciones, ni el mercado interno y menos la economía nacional podían desarrollarse.

La integración regional ahora cobra matices estratégicos, pues en esta suerte de reacomodo global, lo que se perfila, en el mejor de los casos, es la regionalización de bloques económicos, cuya preponderancia radica en la presencia de recursos energéticos, materias primas y corredores geoestratégicos. La tónica de este tiempo es ya no ofertar, ni los recursos ni las materias primas como simples mercancías, sino usarlos de modo estratégico. El modo de la integración es asegurar soberanía.

Pero la cuestión radica siempre en los móviles que digitan la integración. En nuestro caso, la integración debe ser una carta geopolítica para revertir nuestro enclaustramiento; de ese modo, apostar por una integración económica-comercial con el sur peruano se convierte en la apuesta más adecuada para ya no depender de las condiciones impuestas por el Estado chileno. Por eso no se trata sólo del uso de puertos como el de Ilo sino de toda una integración geopolítica y geoeconómica para desplazar la preeminencia chilena y potenciar conjuntamente una economía regional de dos zonas postergadas por la expansión chilena.

Entonces, nuestra situación geoestratégica, acentuada por el corredor bioceánico, nos permite la generación de condiciones distintas a las siempre impuestas por Chile. Si el tratado del Pacífico tiene como fin aislar a China, nuestra apuesta pasa por promover una conexión entre Brasil y China, ya no sólo comercial sino estratégica. El interés de ambos por conectarse se traduce para nosotros en interés por remediar una situación centenaria de enclaustramiento; es decir, se trata ya no de ofertarse por nada sino del uso geopolítico de nuestra situación estratégica. La economía global se va moviendo hacia el Pacífico y la potencia emergente que es Brasil no puede demorar su inclusión.

La situación estratégica nuestra ya no puede ser un medio para conseguir sólo más ingresos sino que debiera servir para consolidar una estrategia definitiva de soberanía e independencia nacional; no se trata sólo de abrir nuestro territorio sino de hacer de esta apertura condición de afirmación soberana. No sólo decidimos por dónde sino el cómo sale la bioceánica. Y en el cómo, decidimos también márgenes de opción para aminorar costos medioambientales (la conexión no puede priorizar sólo las carreteras sino las líneas férreas, para promover una integración nacional en vistas a reducir la dependencia de combustible fósil y promover un transporte menos contaminante; no olvidemos que la destrucción de nuestros ferrocarriles, por parte de empresas chilenas, fue algo sumamente premeditado).

La apuesta por Ilo no es inmediata, pero requiere de la decisiva voluntad de reorientar nuestro comercio por ese lado. China está excluida por USA del Tratado del Pacífico, por eso tampoco le entusiasma la privatización de los puertos chilenos (hasta se sabe de la intención china de financiar la construcción de megapuertos en el lado peruano). Nuestra apuesta pasa por convencer al Perú en una integración geopolítica y acercar al Brasil y a China a actuar como garantes de una integración que les conviene. Se trata de que esa conveniencia se traduzca en conveniencia nuestra.

Con Perú nos une la historia y ese es el margen que afirma más aun la integración que planteamos; que es expansiva hasta el norte argentino, pues hasta allí llegaba la expansión incaica. Si lo que abre paso a la expansión económica es la expansión cultural, nuestra cultura es el mejor foco de irradiación como carta de garantía para afirmar una integración económica entre estas tres regiones, pues también el norte argentino es postergado por la excesiva centralización económica en torno a Buenos Aires.

La integración económica ya no puede subordinarse a intereses privados, peor si son ajenos a la región. Por eso los países chicos tienen ahora la necesidad de ser partícipes en la redacción de los acuerdos comerciales, pues de lo contrario, las potencias o las transnacionales, acostumbradas a suscribirlos en beneficio exclusivamente propio, dejan a los países a merced de los desastres financieros y medioambientales. Las consecuencias son desastrosas para economías pequeñas. En ese sentido, es necesario un nuevo enfoque para el Mercosur (porque nace bajo los principios del libre mercado). El contexto entonces es adecuado para que nuestro país, si aprovecha además su condición estratégica, asegureuna muy atractivaposición geopolítica que le permita marcar la tónica en procesos genuinos de integración.

Aprovechar los cambios a nivel global y traducirlos regionalmente, pasa por la consolidación de una política de Estado pertinente a un proyecto genuinamente nacional. El presidenteChávez ya posicionógeopolíticamente a Sudamérica, si no hay otro líder que insista en aquello, la dispersión de intereses marcará el despeñadero de lo que pudo ser la consolidación de la Patria Grande, como proyecto pan-nacional de vida común. A nosotrosahora nos toca tomar la iniciativa, porque nuestra consolidación como centro neurálgico nos pone en la situación nada despreciable de ser centro también de iniciativas integradoras. Parece que no sólo la geografía nos puso en el centro sino también la historia.

Esta nueva “disponibilidad común” del pueblo boliviano que ha encontrado en la reivindicación marítima el eje de su re-articulación, pone en movimiento, de nuevo, la “potencia constituyente” del sujeto del cambio. A éste nos dirigimos para alertar de no cometer el error de siempre. Mientras nuestra demanda se dirime necesitamos generar esa “disposición nacional” para acompañar un proceso en el cual sea posible inclinar las condiciones a favor nuestro. Se trata de hacer de esa “disponibilidad” el nuevo “óptimo nacional” que encarne la definitiva independencia.

Aparece la “disponibilidad” cuando el universo de creencias del propio pueblo está dispuesto a su transformación. Esto es la legitimación de modo horizontal-democrático; lo cual pudimos notar en la reunión entre nuestro presidente y el nuevo embajador ante La Haya y las organizaciones populares. Un gobierno popular va por esa vía y encarna lo que es principio de la nueva política: mandar obedeciendo. Allí ya se expresó la opción más sensata, desde la promoción de vías alternativas al pacífico, por el lado peruano, hasta el desplazamiento de productos chilenos del mercado boliviano, lo cual también se indicó, requiere también de decisión gubernamental. Todas las intervenciones giraban en torno a un propósito: promover la soberanía económica. Ese es el detalle que nos falta consolidar.

Mientras demandamos ante instancias multilaterales, no podemos no hacer nada en lo inmediato, porque en lo inmediato es donde la “disponibilidad común” se hace partícipe y, en los hechos que produce, se hace actora de una política que encarna y, por eso, se hace ideología nacional, es decir, doctrina estatal y política de Estado. Esto logra la legitimidad de modo horizontal-democrático y se traduce en el espíritu que moviliza a todo un pueblo como sujeto de su propio destino (porque lo que decide no le impone nadie sino él mismo).

La demanda ante La Haya adolece de aquella misma insistencia de apostar todo en una excesiva confianza en instancias jurídicas. Pero lo contrario no es la guerra. Nuestra posición va por acompañar aquello y no a esperar, sin hacer nada, la resolución que, aunque fuese a favor, no significa la obligatoriedad de su cumplimiento, puesto que Chile podría argüir su carácter no vinculatorio. La ganancia sería moral pero, de todos modos, la situación no cambiaría en lo sustantivo. Entonces, lo más plausible es aprovechar el contexto y generar las condiciones para inclinar las cosas a nuestro favor. Sólo si el Estado chileno siente la amenaza de la reversión de su situación favorable, consideraría necesario establecer un nuevo tipo de acuerdos, donde no lesquedaría otra que ceder en su intransigencia; serían ellos quienes tocarían nuestras puertas.En esas condiciones tendríamos mayor margen de acción y posibilidades que nos serían más atractivas.

Y esto pasa por definir un auténtico proyecto nacional; desde donde se comprende que hasta los modelos económicos, no pasan de ser mediaciones de un proyecto mayor, que es siempre proyecto de vida de un pueblo determinado. Esto es lo que la izquierda latinoamericana nunca se puso a considerar. Asumieron que el socialismo era un fin en sí mismo, de ese modo, hasta la singularidad propia era subordinada a este universal sin contenido local. Por eso dijeron los indígenas del Abya Yala el 2005 en La Paz: la izquierda latinoamericana no tuvo nunca identidad.

Ahora de lo que se trata es de remediar ese desarraigo y potenciar el contenido liberador más propio de esta parte del mundo. En nuestro caso, esto pasa por superar la paradoja señorial que hace fracasar nuestras revoluciones, reponiendo la ciega afirmación del desarrollo moderno y la consecuente negación racista del horizonte de vida de nuestros pueblos. La soberanía económica ya no pasa por afirmar el desarrollo sino por restaurar el sentido mismo de la economía. No se trata de producir para ganar sino para vivir. Y un verdadero vivir no apunta a un crecimiento infinito de acumulación inagotable (que no hace sino destruir al ser humano y la naturaleza) sino que apunta a restaurar el equilibrio perdido entre ser humano y naturaleza. El circuito recíproco que establecen ambos es lo que garantiza la vida nuestra. El capitalismo (como economía moderna) destruye aquello y produce la pauperización inevitable, a largo plazo, de los componentes de este circuito. Una nueva economía tiene necesariamente que resignificar el sentido mismo de la producción. Por eso se trata de una nueva apuesta de vida y eso presupone contar con el “óptimo de disponibilidad posible”. De aquí en adelante, no podemos integrarnos o producir desde las premisas anteriores y caducas; de lo que se trata es de proponernos existencialmente un nuevo horizonte. Lo propio que tenemos es lo nuevo y no lo que viene del primer mundo. Desde ese horizonte tiene sentido la lectura que hacemos del presente epocal. Por eso la geopolítica puede ser ahora de los pueblos, como la irrupción de las víctimas hasta en el mismo lenguaje del sistema-mundo.

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