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El retroceso de la "fragmegración" en el Mercosur

Alberto Hutschenreuter | 04 Julio del 2013

El concepto de “fragmegración” fue propuesto por el politólogo estadounidense James N. Rosenau a principio de los años ochenta, a fin de intentar relacionar “las tensiones entre las fuerzas fragmentadoras y aglutinantes” en un mundo que, si bien mantenía patrones militares y de seguridad, acusaba fuertemente el ascenso de factores económicos, comerciales, tecnológicos, culturales, etc.

Posteriormente, el experto ajustó su concepto al “régimen de la globalización” afirmando que la “fragmegración” estaba determinada “por bases políticas, económicas y sociales que estaban transformando las prácticas y conceptos relativos a la territorialidad, volviendo cada vez más obsoletas las fronteras tradicionales y estimulando la formación de nuevas fronteras que todavía tienen que concretarse en estructuras fijas y perdurables”.

Desde estos términos, si había por entonces (fines de los años ochenta e inicio de los noventa) un espacio destacado y promisorio, sin duda dicho espacio era América Latina; más precisamente, la subregión del sur.

En efecto, si bien existieron (incluso tempranas) tentativas de “aglutinación” entre los actores preeminentes de la subregión, Brasil y Argentina, es decir, los actores de mayor viabilidad y desarrollo relativo, las concepciones y prácticas de cuño geopolítico, recogidas en su momento desde “la Europa de los imperios” por expertos como el brasilero Everardo Backheuser, erigieron entre los países de la región infranqueables patrones de conflicto que provocaron fragmentación entre los países de la región y, por tanto, difuminaron las posibilidades de una naciente complementación interestatal como instrumento de construcción de poder.

Pero con el acercamiento entre ambos países durante los años ochenta y, finalmente, la firma del estratégico Tratado de Asunción, que dio nacimiento al Mercosur, la predominancia de la fragmentación interestatal llegó a su fin. Más todavía, más allá de este final, el acontecimiento acaso no fue suficientemente calibrado en cuanto a su dimensión casi protohistórica: como muy bien ha destacado uno de los mejores historiadores y geopolíticos, el uruguayo Alberto Methol Ferré, el Mercosur implicó un suceso en la historia del continente, más de lo que imaginaron sus propios actores, puesto que representó el final de un patrón de separación o (única) frontera viviente entre Castilla y Portugal en la cuenca del Plata. “El resto, el gran arco amazónico, está todavía en formación, y por lo tanto representa más un confín abstracto que una frontera real”.

Durante la década del noventa el Mercosur avanzó sensiblemente: después de la entonces Comunidad Económica Europea y el NAFTA, el bloque era el tercer emprendimiento regional del planeta, en un momento que el mundo parecía marchar hacia una configuración en base a ese modelo de aglutinamientos, si bien posteriormente

los hechos relativizaron esta prometedora “imagen” que en su momento casi nadie llegó a cuestionar.

Un estado de “fragmegración” creciente entre los integrantes del bloque, que estimulara efectivamente la formación de nuevas fronteras, requería un avance multidimensional, es decir, una evolución que abarcara diferentes segmentos entre los actores, desde el comercial hasta el militar, pasando por el económico, el tecnológico, el jurídico-institucional, etc. Pero en el Mercosur, la lógica “fragmegrativa” tuvo siempre una supra-dimensión comercial, en tanto los avances en otras dimensiones estuvieron muy por debajo de esa dimensión predominante.

En buena medida, ello explica que cuando surgieron conflictos no comerciales entre los Estados, por caso, entre Argentina y Uruguay en torno al establecimiento de plantas de pasta de celulosa, la dimensión técnica-jurídica del bloque tuvo un alcance poco menos que formal, hecho que demostró que los actores no estaban dispuestos a conceder cuotas de soberanía, falta de compromiso que afectó sensiblemente uno de los términos de la ecuación binaria de la “fragmegración”.

El dato no es menor, puesto que evidenció de modo casi concluyente la debilidad del principal factor de anclaje y previsibilidad de todo emprendimiento de complementación internacional: el jurídico-institucional, el factor del que dependerá todo cuanto se realice en un bloque. Por ello, el ex ministro de Asuntos Estratégicos de Brasil Roberto Mangabeira Unger advierte que en todo emprendimiento regional, antes que maximizar el comercio se debe maximizar el sistema institucional.

Considerando que el experto se refiere al libre comercio, la situación en el bloque del Mercosur es por demás crítica, puesto que desde hace tiempo algunos de sus miembros vienen imponiendo restricciones cada vez mayores al comercio de bienes, hecho que podría tener como consecuencia la propia “licuación” del bloque o, en el “mejor” de los escenarios, el mantenimiento de un espacio “propicio” para la retórica política y los negocios y transacciones, aunque sin estrategias ni propósitos mayores.

Algunos datos actuales nos adelantan dicho escenario: el volumen del comercio intra-bloque se ha estancado y, en algunos segmentos, se ha contraído; pero, acaso lo más preocupante, como advierten algunos expertos en comercio exterior, la relevancia que implica el Mercosur para su actor estratégico mayor, Brasil, ha disminuido, en tanto que las ganancias comerciales prácticamente han llegado a un punto de saturación. A ello deben agregarse las “saturaciones” (no solamente por parte de Brasil) derivadas de “talantes” ideológicos y nacional-soberanistas que multiplican las voces que se preguntan acerca de la conveniencia o no de continuar en un bloque que ha perdido “masa crítica”.

En suma, si hace dos décadas la conformación del Mercosur representó el final de una etapa de rivalidades y desencuentros, y el inicio de un orden de complementación o “fragmegración” regional que verdaderamente prometía pasar “de la frontera fractura a la frontera costura” (como acostumbraban referirse en la Comisión Europea al proceso de

integración), hoy podemos ver que el bloque no afirmó patrón alguno de complementación pluridimensional que tornara impensable su ruptura en función de costos inaceptables.

Por diferentes (e inaceptables) razones, en el Mercosur se resintió la construcción de un espacio estratégico fijo y perdurable, es decir, se perdió la oportunidad de mejorar sensiblemente habilidades y capacidades capitales al momento de maximizar condiciones de inserción y negociación a escala global.

Pero mientras la “fragmegración” desfallece en el Mercosur, en otros confines latinoamericanos, acaso menos ideológicos, menos revisionistas y más estratégicamente reflexivos, se adoptan medidas promisorias en relación a la superación de las fronteras tradicionales y la construcción de nuevas entidades geopolíticas fundadas en la cimentación y la proyección de poder.

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