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Geopolítica y comercio en América Latina: Dos realidades todavía separadas

Alberto Hutschenreuter | 12 Abril del 2012

Hace unos años Henry Kissinger sostuvo que la geopolítica no era una disciplina basada en las buenas intenciones. En efecto, desde la experiencia, la práctica geopolítica rara vez ha implicado que las naciones, sobre todo aquellas de rango preeminente, marcharan hacia la confianza, el acuerdo y la estabilidad sin antes superar una prueba de fuerza.

En general, las consideraciones de naturaleza territorial como basa de la política exterior de los países (es decir, la geopolítica) tuvieron casi siempre un propósito asociado a incremento del poder nacional y, por consiguiente, al fortalecimiento de la seguridad y la autoayuda nacional. Todo ello en un marco interestatal signado por la ausencia de una autoridad central.

De la misma manera que la práctica de la geopolítica puede llevar a las naciones al fraccionamiento y la desunión, también puede ser un poderoso factor de vinculación y complementación entre ellas, llegando incluso a configurar espacios donde la seguridad individual puede ser sustituida por lo que un autorizado politólogo ha denominado “comunidad de seguridad”. Bajo determinadas condiciones, acaso ha sido la Europa Occidental de posguerra el espacio que más se acercó a esa configuración superadora del principio de autoayuda.

Desafortunadamente, en América Latina predominó la lógica geopolítica de la división. En buena medida, la predominancia de la geopolítica del “interés nacional primero” explica la tardía concreción de iniciativas pro-complementación comercio-económica regional: si bien la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) se fundó tempranamente, en 1960, su escasa prosperidad obligó a que veinte años después fuera  reestructurada en la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI); en 1968 se aprobó el Acuerdo Subregional del Grupo Andino (que hacia fines de los setenta necesitó de nuevas iniciativas dinamizadoras); en 1975 se creó el Sistema Económico Latinoamericano; finalmente, derivado del Tratado de Asunción, en 1991 se creó el Mercado Común del Sur.

¿Por qué se destacan aquí las principales iniciativas comercio-económicas impulsadas en la región? Porque el comercio es el factor modificador clave de la geopolítica, sobre todo para una región que tradicionalmente mantuvo un bajo nivel de confrontación militar interestatal durante todo el siglo XX y en lo que va del siglo actual, un activo que pocas regiones del mundo pueden ostentar.

El comercio es el factor modificador de la geopolítica en tanto la inhibe, dado que hace posible que todos los componentes de división o de disrupción que contiene la geopolítica no desaparezcan, pero sí pierdan fuerza.

Un espacio donde crece la interdependencia comercial es un espacio donde ganan todos, aún si en tal espacio existen actores con afán (y medios) de liderazgo e incluso de hegemonía, instancia que desde la corriente conocida como “realismo ofensivo” proporciona el mayor margen de seguridad interestatal.

En efecto, a diferencia de la práctica geopolítica tradicional dirigida a incrementar beneficios y seguridad nacional “frente a otros y a expensas de otros”, el dinamismo comercial-económico interestatal e intrarregional “resiente”  dicha práctica, puesto que permite obtener beneficios y seguridad nacional “con y entre otros” que también obtienen lo mismo. Para expresarlo en términos de Stanley Hoffmann, un especialista que jamás desestima el factor poder en la política interestatal pero que comprende que el mismo es afectado por la interdependencia comercial, económica y tecnológica: “La mejor manera de maximizar mi ganancia, incluso si inflijo una pérdida a otros, es ocuparme de que también el otro gane algo, ya sea porque esto le dará un incentivo para ayudarme a incrementar mi propia ganancia, o porque de otra manera el otro estará tentado a destruir mi propia ganancia. Así, lo que resulta distintivo no es tanto la búsqueda de ganancia absoluta, sino el interés de una ganancia conjunta”.

Estas consideraciones son pertinentes, puesto que América Latina no ha alcanzado todavía un grado de interdependencia comercial suficiente, y en parte ello se debe a la existencia de rémoras o reflejos geopolíticos que aún persisten y resisten amalgamarse con el comercio a fin de configurar un espacio regional fuertemente anclado a una plataforma de naturaleza geo-comercial.

En efecto, afortunadamente en la región ya no existe una “geopolítica orgánica”, puesto que ningún actor funda su enfoque territorial en conceptos como  “fronteras vivas”, por tomar uno de los concepciones que más tensión y separación interestatal regional provocó en otros tiempos; sin embargo, persisten conflictos y suspicacias interestatales de cuño geopolítico, por caso, entre Chile, Bolivia y Perú, o entre Colombia y Venezuela, respectivamente.

Este último caso es casi un referente en relación a la ecuación de términos encontrados que forman geopolítica y comercio: la red comercial entre estos dos actores ha crecido notablemente, pero prevalece entre ambos una cuestión refractaria que también está presente en otras relaciones interestatales de la región. En este sentido, oportuna ha sido la observación de Tomás Calvo Buezas cuando, refiriéndose precisamente a la falta de mayor interdependencia en América Latina, sostuvo que es como si en la región existiera una “ley de antipatía vecinal, porque parece que las fronteras se convierten en heridas abiertas que nunca cicatrizan”.

Durante el último cuarto de siglo el comercio intrarregional no ha dejado de crecer, al tiempo que se lograron importantes avances en los dos bloques regionales sudamericanos (dos de los cuatro emprendimientos geocomerciales más importantes del mundo). Sin embargo, de los aproximadamente 500.000 millones de dólares que sumaron las exportaciones latinoamericanas en 2010, cerca del 80 por ciento de las mismas fueron extrarregionales. Según cifras recientes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 2011 las exportaciones intrarregionales aumentaron un 24 por ciento, en tanto las exportaciones extrarregionales lo hicieron en más de un 26 por ciento.

En el caso de los bloques, Mercosur y Pacto Andino, el comercio muestra también una fuerte orientación extrabloque. Más aún, dado su desmarque ante  los demás  miembros y asociados del Mercosur, el Brasil aparece cada vez más identificado con la dinámica y los intereses del “lote BRICS” que con los del “lote Mercosur”.

Sin duda que la mayor inserción comercial global es un dato indiscutiblemente positivo, y es de esperar que el buen desempeño comercial de América Latina con los mercados del mundo continúe; pero a los efectos de nuestro breve trabajo nos interesa el incremento del comercio intrarregional en relación a la consolidación de un dinámico espacio de transacciones de bienes y servicios que “suelde” a los actores regionales a un patrón geo-comercial de ganancia colectiva tal que absorba y diluya conflictos y rémoras geopolíticas.

Este es uno de los desafíos capitales para los países de la región. Un desafío que si finalmente se resuelve en dirección de la amalgama geocoemercial, ello implicará un paso significativo en materia de construcción efectiva de poder regional y extrarregional.



Por Alberto Hutschenreuter, doctor en Relaciones Internacionales y autor del libro “La política exterior rusa después de la Guerra Fría. Humillación y reparación”, Areté Grupo Editor, Buenos Aires, 2011.

 

 

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