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Los países latinoamericanos ratifican su compromiso con la (des) integración regional

Alberto Hutschenreuter | 17 Septiembre del 2015

El silencio casi total de los países latinoamericanos ante los hechos que tienen lugar en Venezuela y que son de público conocimiento, deja al descubierto, una vez más, el compromiso lábil y retórico que existe en el América Latina con la integración o complementación (para usar un término menos ambicioso) entre los países.

 

Con la excepción del gobierno de Chile y del llamamiento a la sensatez por parte de dos prestigiosos exmandatarios de este país, los demás países guardaron un silencio tan categórico que resultó resonante. No deja de llamar la atención que el país de la región con menos vocación integracionista haya clamado por la situación en otro país de la región, mientras que los más integracionistas se hayan mantenido callados. Peor aún, callados dentro del propio bloque que tiene a Venezuela como uno de sus miembros.

 

En el caso de Colombia el silencio es comprensible, pues inteligentemente las autoridades de este país se cuidaron, como lo vienen haciendo desde hace tiempo, en no proporcionar cualquier motivo que pueda ser útil como pretexto para que Caracas atice el nacionalismo y lo direccione hacia ese siempre “amenazante” extranjero inmediato, des-responzabilizándose así de la profunda crisis nacional que coloca al país, unos de los económicamente más viables del continente y del mundo, en “un proceso de destrucción”, según los recientes términos vertidos por un expresidente europeo. En cuanto a Perú, acaso su pertenencia a la Alianza del Pacífico dispuso que acompañar la estrategia de Colombia era el camino conveniente.

 

Respecto de los demás países, salvo alguna voz crítica de Paraguay, todos mantuvieron un mutismo indisimulado, casi “como de costumbre” cuando se trata de acontecimientos que perturban y colocan en entredicho al gobierno venezolano.

 

Dicho cuadro expone que para la mayoría de los países latinoamericanos la soberanía, el nacionalismo y la ideología prevalecen por sobre cualquier empeño de integración o complementación regional. No es la primera vez que ello sucede: hace pocos años la crisis entre Colombia, Venezuela y Ecuador, como consecuencia de la determinación del primero de amparar su seguridad nacional operando más allá de sus fronteras, expuso la desconfianza y exasperación que conservan los países, al punto que casi se llega a la ruptura.

 

Cerca de la ruptura también estuvieron Argentina y Uruguay por la cuestión de las papeleras. De poco, por no decir de nada, sirvieron las instancias técnicas y jurídicas de un Mercosur con un cuarto de siglo de vida para zanjar una crisis de dos actores entre los que cuesta suponer escenarios de escalada.

 

Hay otras situaciones más complejas en las que existe no solo suspicacia, sino casi ruptura interestatal total, producto ello de la pervivencia de la geopolítica en su sentido más clásico o darwinista, si bien la democracia debería ser incompatible con este sentido; más todavía tratándose de países vecinos.

 

En breve, las fronteras no separan a los países de Latinoamérica: los enfrentan. Existe un fenómeno refractario entre los países de la región. Dicho fenómeno de separación ha llevado al antropólogo español Tomás Calvo Buezas a la conclusión de que en América Latina existe una suerte de “ley de antipatía vecinal”, porque las fronteras son como heridas abiertas que nunca cicatrizan.

 

En estos términos, más allá de la grandilocuencia de los mandatarios cuando se refieren a la unidad de los países, es muy difícil que la integración o complementación se afirme en América Latina. Es cierto que los bloque geoeconómicos finalmente no fueron el futuro que se pensaba hace dos décadas como configuración del mundo, pero las cuestiones de orden regional o subcontinental necesariamente requieren de abordajes colectivos, puesto que muchas de ellas trascienden lo nacional, sin que ello deba suponer cesión de soberanías.

 

Los sucesos de Venezuela muestran que, si bien, existen múltiples emprendimientos de fusión o complementación entre Estados (en Chile dirían demasiados), el patrón soberano-nacional-ideológico está por encima del patrón soberano-regional-pragmático.

 

Incluso si consideramos que dichos emprendimientos no coadyuvan a la integración por la predominancia del factor o interés (casi únicamente) negocio-comercial, las cifras revelan resultados débiles aun en dicho segmento: según datos de la Dirección de Estadísticas Comerciales del FMI, más del 80 por ciento del comercio total de América Latina y el Caribe es extra-regional, mientras que poco menos del 20 por ciento es intra-regional.

 

Pero el dato que acaso interesa en relación a estas cifras es que, según información de 2014 del SELA, las principales causas de la debilidad de los intercambios regionales se encuentran en la persistencia de la aplicación de barreras no arancelarias, entre otras; es decir, en decisiones nacionales que refuerzan siempre el patrón estato-soberano.

 

Por último, que el principio de no intervención haya nacido en el seno de América Latina no implica que el mismo debe ser inmutable. Dicho principio nació en tiempos en los que todavía era posible trazar una separación entre asuntos internos y asuntos externos. Pero hoy dicha separación no solo es difusa, sino que hay cuestiones que derraman en derredor, por caso, las actividades del crimen organizado, las migraciones, etc.

 

Si América Latina va a continuar siendo intransigente en relación con ese principio, entonces no solo continuará en silencio ante situaciones inadmisibles que ocurren hacia dentro de los países y que licúan los esfuerzos de integración, sino que tendrá que “aceptar” que otros actores no regionales se “preocupen” y eventualmente “ocupen” de cuestiones que tengan lugar en la región.

 

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