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Nuevamente -aunque con cierto cinismo por parte de algunos sectores debido a las dudas acerca de un resultado exitoso- el tema de la Ronda de Doha vuelve a aparecer en los medios. El mes pasado el Director General de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Pascal Lamy, anunció que “se está logrando una convergencia en torno a la idea de que los miembros deben avanzar en las negociaciones en aquellas esferas en que se pueden hacer progresos…….” y añadió que “evidentemente corresponde a los miembros decidir cuáles son esas esferas, como también les corresponde negociar y llegar a un acuerdo.”

Que Lamy palpe esta convergencia es sin duda una buena noticia después de tantos años de decepciones y riñas. Sin embargo, está surgiendo otra dimensión de las negociaciones multilaterales dentro del marco de la OMC, hasta ahora no tomada en cuenta pero considerada imprescindible para lograr un buen final. Se trata de reconocer y aprovechar en las negociaciones uno de los cambios más significantes de los últimos tiempos en el ámbito de la economía mundial y en particular del comercio internacional: el ascenso de China. Varios medios han comentado que China acaba de celebrar el décimo aniversario de su membresía en la comunidad internacional de comercio, período durante el cual ha logrado sextuplicar sus exportaciones.

Algunos dirán que justamente son estos diez años de términos favorables que China negoció para su ingreso en la OMC los que le han permitido alcanzar la posición de segunda economía del mundo después de EE.UU y hasta aprovechar esta situación en exceso. Se estima que dentro de veinte años la participación de China en el comercio global será el doble de la de los EE.UU. Cifras recientes demuestran que entre 2001 y 2009 la participación de China en las importaciones mundiales se duplicó y un quinto de las importaciones totales en varios de los mercados internacionales más importantes provienen de China.  El país ha ganado participación en sectores protegidos en estos países y también en países que tienen vigentes acuerdos de libre comercio con países vecinos (como por ejemplo, Canadá, Méjico y Turquía), ambos hechos que atestiguan la potencia comercial de China.

Por supuesto el tema del balance comercial de China vis-à-vis terceros países está estrechamente vinculado con el tipo de cambio… no son pocos los países que adjudican la alta competitividad de China a la subvaluación, mantenida artificialmente, de su moneda. Que se logre o no convencer a China que deje apreciar el renminbi, no altera en grandes rasgos el escenario que viene… todo indica que la dominación económica de China  no va desaparecer en las próximas décadas, sino que probablemente va aumentar.

Dada esta tendencia, algunos especialistas ya plantean la importancia de tomar en cuenta en negociaciones comerciales la creciente influencia de China en la economía mundial y lograr una agenda para Doha acorde con la nueva posición del país, lo cual quiere decir incluir los temas de interés para China. Esto no significa dar ventajas adicionales a un país ya potente, sino utilizar esa estrategia para anclar el país en forma más sólida en el sistema multilateral de comercio, dándole menos excusas para aplicar su dominio con el fin de forzar ventajas fuera del sistema y otorgándoles a los demás países la oportunidad de negociar con mayor reciprocidad. Disminuir las chances de que China aproveche su potencial para abandonar el libre comercio, es una estrategia que tiene sentido.

Por lo tanto, hacer que la agenda de Doha refleje el dominio de China, sin duda significa para los demás países tomar conciencia de una realidad al mismo tiempo que resguardar el marco para lograr mayor liberalización del comercio. Se considera que esta estrategia también serviría de contención frente al creciente bilateralismo y regionalismo del comercio en los últimos tiempos, que en algunos casos van en contra de los propósitos de la OMC.

Phyllis Barrantes, consultora en comercio exterior


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