Desde la renuncia del presidente Gorbachov por fines de 1991 y hasta hoy, el “Estado continuador” de la Unión Soviética, la Federación Rusa, transitó tres períodos discernibles: humillación, reparación y regreso.
La llegada de Putin al poder implicó la vuelta de conocidos patrones zaro-soviéticos, particularmente en cuanto a la necesidad de fortalecer el Estado, a fin poner límites a la influencia de los poderes fácticos y evitar la fragmentación del poder.
En agosto de 2008, Rusia recurrió a la guerra y ganó. El país, como advirtió entonces George Friedman, director de Stratfor, había logrado rectificarse, es decir, repararse, y estaba de regreso.
La consecución del orden interno ha sido sin duda el logro de lo que se ha denominado “consenso Putin”, es decir, un ejercicio de centralización del poder y de desmarque de lo que en Occidente implican las concepciones democráticas y económicas.
Dicho orden interno ha permitido a Rusia concentrarse en aquellas cuestiones que coadyuven a diversificar los activos que le confieren estatus de potencia (re) emergente. Después de la Guerra Fría, ese estatus se mantuvo por la posesión de armas nucleares y por su condición “V3” en la ONU (voz, voto y veto). En el siglo XXI, a esa excepcional condición sumó la de “potencia GPM”, es decir, un actor que potenció su economía (y, por tanto, su influencia política) a partir de los sensibles precios internacionales del gas, el petróleo y los minerales.
Las perspectivas para el país son por demás promisorias. Hacia mediados de 2008, el jefe de Análisis Económico Global de Goldman Sachs, Jim O`Neill, presentó las previsiones económicas para Rusia en 2020: se estimaba que para ese año la economía rusa sería tres veces mayor que la que tenía entonces, superando a potencias como Canadá e Italia, ubicándose en la octava posición con aproximadamente tres billones de dólares, esto es, el 4,4% de la economía mundial.
Sin embargo, estimaciones más recientes colocan a Rusia en un lugar más preeminente Hace muy pocos días el Centro de Investigación en Economía y Negocios, con sede en Londres, presentó un ranking actual y proyectado de las principales economías del mundo.
Si bien ha sorprendido el desplazamiento del Reino Unido por Brasil, país que pasó a situarse en el sexto lugar del ranking, pocos advirtieron el ascenso de la Federación Rusa para el año 2020; desde su novena posición actual al cuarto lugar, superando para entonces nada más y nada menos que a Alemania, Francia, Brasil, Reino Unido e Italia, para quedar sólo por detrás de Estados Unidos, China y Japón (valga como dato adicional que para el 2050 la economía mundial de los agentes en ascenso del denominado E-7 –China, India, Brasil, Rusia, Indonesia, México y Turquía- será superior que la de los miembros del actual G-7).
Más allá de la decisiva importancia que desde fines de la década del noventa ha tenido el precio de las materias primas en la expansión de la economía rusa, hay otros datos que son remarcados al momento de explicar el notable ascenso proyectado: si bien se ha advertido acerca de cuestiones estructurales como la corrupción, el carácter neoautoritario del sistema político, etc., los especialistas estiman que Rusia continuará (e incluso mejorará) el desempeño que desde hace más de una década viene logrando en segmentos críticos como inversión, inflación, balanza comercial, situación fiscal, etc.
El capítulo comercial ha sido uno de los motores del crecimiento de Rusia y una de las principales cartas que ha jugado Moscú al momento de diversificar sus segmentos que la califican como potencia. Se esperan sensibles mejoras en el mismo, sobre todo a partir de la reciente admisión de Rusia en la Organización Mundial de Comercio, tras un período de negociaciones de casi dos décadas.
A diferencia de la Unión Soviética, que consideraba el segmento comercial internacional desde una postura ideológica y de autosuficiencia, la Federación Rusa no solamente lo considera una de las plataformas del crecimiento, sino que lo concibe en términos de “diplomacia comercial multivectorial”, es decir (y esta es otra diferencia con la ex URSS que sólo practicaba un “comercio de bloque”), en dirección a todos los espacios del globo. Desde esta lógica, los países de Latinoamérica han adquirido una importancia sin precedentes para la Federación Rusa.
Sin duda, una de las más concluyentes evidencias de la devaluación del orden unipolar y la emergencia, salvo en el segmento estratégico militar y el científico-tecnológico, de un orden más horizontal es precisamente la que se registra en el segmento comercial, singularmente en relación a la presencia de actores extrazonales en espacios o “cotos” tradicionalmente “reservados” al actor regional o continental predominante.
Durante los últimos años Rusia ha venido expandiendo las relaciones comerciales con países de América Latina. Si bien es cierto que parte de este acercamiento está asociado a políticas de reparación, por caso, en relación a las ventas de armamentos y equipos a Venezuela o a la propuesta de ser agente observador en emprendimientos interestatales de defensa, lo cierto es que la región es visualizada como un espacio o mercado de captación.
De hecho, prácticamente con todos los países de la región Rusia ha firmado acuerdos de cooperación comercial; más aún, es posible que en los próximos años se alcancen acuerdos de libre comercio, por caso, con Perú, como lo ha dicho el mismo viceministro de Comercio Exterior del país andino.
No obstante la tendencia, la relación predominante de Rusia en América Latina pasa por Brasil: de los casi 7000 millones de dólares de intercambio comercial Rusia-países del Mercosur, 5000 millones corresponden a la relación Moscú-Brasilia. Más aún, a escala global Brasil se ubica entre los principales 12 países exportadores a Rusia y entre los 15 importadores de Rusia, siendo el décimo socio comercial del país euroasiático. Muy por detrás aparecen los demás actores del espacio regional: Argentina, Ecuador, Paraguay, Chile, México, etc.
Asimismo, más allá de la ostensible tendencia, el lugar de América Latina ante una Rusia que regresa es aún poco significativo. Si bien las potencialidades que encierra la relación entre ambos actores es enorme, por caso, en materia espacial (por citar un segmento crítico para los países de la región), el espacio por excelencia de Rusia es la Unión Europea: en 2010 el intercambio entre los dos actores continentales ascendió a más de 230.000 millones de euros, una cifra astronómica no solamente ante las actuales cifras que arroja la relación Rusia-América latina, sino en relación a los cinco actores que siguen a Europa como socios de Rusia, China, Ucrania, Estados Unidos, Belarus y Japón.
En breve, la Rusia del siglo XXI aspira a convertirse en un actor central en la reconfiguración del orden global. Ello implicará un protagonismo más plural en los diferentes segmentos de su poder, siendo el comercial uno de los más capitales.
En este sentido, los países de América Latina representan una importante oportunidad, puesto que se trata de un espacio con economías emergentes cuyo ascenso requerirá de activos que Rusia posee: tecnología espacial, energía, transporte, etc. Para los países de la región, el ascenso de Rusia hacia el lote de las cinco principales economías del globo implica la oportunidad de diversificar mercados y colocar productos no sólo tradicionales sino nuevos en un espacio de creciente demanda.
Por Alberto Hutschenreuter, Doctor en Relaciones Internacionales y Profesor titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea